Una especie de “Boyhood”

Hace algunos días, leía un artículo en el que invitaban a los lectores a imaginar que volvían a nacer y qué pasaría si pudieran elegir un sólo libro para leerlo como si fuera la primera vez. Sí, no lo recuerdo demasiado bien pero era algo parecido a eso. Era una especie de experimento para crear un lector ideal, si es que esto existe o pudiera existir. Una especie de “boyhood” de la lectura.

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07.11.2014 viernes

Viernes. Y encima, mi cumpleaños. Viernes de estrenar zapatos. De regalos. De agradecimiento. De velas. De pedir deseos. De fiesta. De tarta de manzana. De mensajes. De amigos. De copa de vino por la noche. De cena tardía. De sentirse bien porque sí. Viernes de 31. De lasaña de verduras. De empezar de nuevo. De olor a cera. De recuerdos. De ilusión. De felicidad.

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Viernes de otoño. De invitar a desayunar y a cenar. Y a todo. Viernes de felicidad. Viernes de tarjetas de felicitación. Viernes de besos. De tirones de orejas. De nueva era. De sentirse mayor. Y ser joven eternamente. Viernes de brindis. De papel de regalo. De lazos. De cajas. De sorpresas. De todo vale. De llamadas esperadas. Viernes de caramelos. De estar con quien quieres. Viernes de hojas caídas. De buenas noticias. Es viernes.

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Viernes de “hasta el lunes” o “hasta el martes”. Viernes de planes sin planear. Viernes de no aparentar la edad que tienes. De emociones. De luces. De sentimientos. De abrazos. De no hacer nada. O hacerlo todo. De empezar a soñar. Y a viajar sin movernos del sitio. Viernes de sí porque sí. Viernes de celebración. De no saber cuando vuelvo. Viernes mío.

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Querido viernes de otoño, te estaba esperando. Has tardado en llegar pero ya estás aquí. Ahora no te vayas tan rápido, quédate un ratito, que tengo que contarte algo…

Feliz cumpleaños Chica del Quinto 😉

Ya nada volverá a ser como antes

Hace unos días no pude evitar sumergirme en una conversación que, a mi lado, en el metro, mantenían una madre con su hija, hablaban de todo un poco, de lo divino y de lo humano, que si sí que si no, que si hoy no ceno en casa o que si mañana he quedado…En fin, esto en realidad no es lo que captó mi atención pero sí cuando la madre explicaba lo mal que lo pasaba cuando su hija se retrasaba a la hora de llegar a casa.

“Si me dices que a las 23.30 estás casa y son las 24:00 y no has llegado lo paso fatal…”

Creo que a todos nos suena familiar esta frase, está grabada en cada una de nuestras mentes porque todos, de una manera o de otra, más tarde o más temprano, lo hemos escuchado alguna vez. Y es verdad. Y, entonces, es muy probable que (todos) pensáramos lo mismo: ya-está-la-pesada-de-mi-madre-con-la-misma-historia. “Pero si estoy en la puerta!”, bien podría ser la respuesta más recurrente…

Pero donde realmente quiero llegar, después del sermón que les he soltado así sin comerlo ni beberlo (mis disculpas) es que, al fin y al cabo, todos cambiamos. La edad, las circunstancias…la vida. Lo que ahora nos parece exagerado, banal o incluso divertido se convertirá en algún momento de nuestra vida en una preocupación, una necesidad o un deber. Ay! el sentido del deber…de eso nos podemos ocupar otro día, que hay para rato.

El caso es que llega un punto en la vida, en mi caso puede que esté pasando de lleno por él (ya saben , la emoción durante estos días, que es mucha, hace que saque mi vena más trascendental, poética y filosófica), en el que empiezas a mirar las cosas de otra manera.

Lo que antes parecía un mundo, un problemón comparable con una catástrofe nuclear, ahora es probable que te provoqué hasta risa. Cada edad con sus problemas, venga. Con 15 te morías con un suspenso o si regañabas con tu “best friend forever and ever”  y ya ni hablemos de amoríos…Pero no me digan que no les resulta de lo más divertido recordar esto. Eso era lo más. Los problemas vienen con la edad, amigos. Pero aquí estamos para plantarles nuestra mejor cara.

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Te das cuenta que las personas vienen y van y sólo algunas, muy pocas, permanecen siempre. No hablo de de algo más serio, no crean. Les diré una cosa, este punto, el de la entrada y salida de personas en la vida de uno, es lo que peor llevo, me cuesta horrores, no lo digiero bien, que quieren que les diga, pero hay que afrontarlo y aceptarlo, porque es así. Personas que, por muy lejos que estén, siempre las sientes a tu lado (desde aquí, gracias amigo por confirmar desde París que acudirás al gran evento), un mensaje, una palabra, un qué tal. En cambio hay otras, que siempre has sentido cerca, y, de repente, ya no están o están pero no. Como decía aquella canción: “ya nada volverá a ser como antes”. Ya me entienden. Esto es difícil de aceptar, pero oigan, de todo se sale. Y saldremos, vaya si lo haremos.

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Quieres a tus padres de otra manera, pero más que nunca. Empiezas a ser consciente de que nunca podrás devolver todo lo que han hecho por ti. Jamás. Vayamos asumiendo este punto desde ya. Por cierto, sois los mejores, qué se le va a hacer.

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Te interesan cosas que antes ni sabias que existían. A cómo está el kilo de tomates, es un ejemplo. Si el color de la pared pegará con el del cabecero de la cama, otro. Y que escuchar las noticias más relevantes del día sea de las primeras cosas que haces al levantarte, otro más. Por favor, necesito que me digan que también han pasado por esta fase para no sentirme (un poco) mayor.

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Empiezas a saborear, como nunca antes lo habías hecho, los pequeños placeres de la vida: un paseo, una sobremesa, una peli, esa canción una y otra vez, la comida de mamá, la voz de alguien a quien quieres, una tarde sin hacer nada…

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Te preocupa tu salud, tu físico, tu bienestar. Ojo. Empiezas a cuidarte, por dentro y por fuera. Pero de una manera de lo más natural. A mi me ha dado por el running (qué original, eh!), bueno estoy empezando, ya les contaré mis avances. Pero parece que promete, me ayuda a liberar tensiones y a despejar mi mente…que buena falta hace.

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Empiezas a vivir, pero de vivir de otra manera…

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