Mi colaboración con Tendencias de Bodas Magazine

Recuerdo esa mañana de finales de agosto. El tiempo se esfumaba entre la resaca de las vacaciones, el calor pegando aún muy fuerte y la lista de nuevos propósitos y cosas por hacer en el recién estrenado curso. Recuerdo que miraba con desgana el Ipad mientras desayunaba algo antes de salir de casa. Todo apuntaba a que iba a ser un día más, una día normal. Pero no. Recuerdo ver el mail de Keyla y que mi cara empezase a esbozar una sonrisa. Recuerdo que ese día era lunes. Un lunes que empezó siendo un gran día desde bien temprano. Un lunes que no tenía nada de normal. Qué manera tan especial de celebrar los dos años de vida de este blog.

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Éste no es un post cualquiera…Es un post sobre mi vestido de novia

He tardado, lo sé, pero ya está aquí…

No sé ni por dónde empezar, me dispongo a escribir uno de los post más importantes y especiales para mi desde que nació La Chica del Quinto. Soy consciente de ello. Sé que ha habido algunos muy emotivos y personales, pero este es diferente. En él quiero contar una de las experiencias más bonitas que he tenido la suerte de vivir: la elección de mi vestido de novia.

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Lo cierto es que desde el principio, hace ahora casi un año, tenía claro el estilo que me gustaba. Sabía cómo quería vestir ese día. Algo sencillo, sin ser clásico, sin mangas pero que no fuera “palabra de honor” (no me gusta para una novia), que tuviera un toque que lo hiciera personal y, sobre todo, especial. Un vestido que hablara de mi. Que fuera “muy yo”. Con estas notas empezaba la búsqueda del tesoro más bonita y apasionante de mi vida. Empecé mirando algunas webs,  sabía que no podía ser muy difícil encontrarlo. Pero todos me parecían iguales. Yo no quería ir de princesa, ni sentirme disfrazada. Después de visitar un par de sitios especializados en novias y no gustarme nada, un día, mi hermana me dijo mientras me enseñaba una foto: “tienes que probarte éste, si te queda bien, es el tuyo”. ¡Cómo me conoce!. Estábamos muy cerca de encontrarlo. O ya lo habíamos encontrado, pero aún no lo sabíamos. De ahí a pedir cita para verlo y, por supuesto, probármelo. Las coordenadas, las siguientes:

Día: Una mañana de sábado del mes de enero. Dirección: Argensola, 21 Madrid. Lugar: Colour Nude. Diseñadora: Carmen Osuna.

Comenzaba lo bueno. Comenzaba lo mejor.

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Cuando me planteaba cómo empezar este pequeño relato se me agolpaban las ideas, los agradecimientos, las emociones, todo lo vivido durante más de ocho meses desde el momento en el que pisé por primera vez Colour Nude. No podía imaginar que ese espacio de la calle Argensola de Madrid me fuera a hacer la persona más feliz del mundo. Nadie me avisó. Pero así fue. Y mereció la pena.

El primer día nos recibió Carmen, su sonrisa y amabilidad me contagió de entusiasmo. Sabía que me encontraba en el lugar perfecto. Empezamos a descartar algunos modelos y seleccionar otros, dos o tres. Yo le explicaba mis ideas y ella escuchaba atentamente. Qué emoción. Y, por fin, me probé el que meses después se convertiría en el vestido más importante de mi vida. Un modelo, Yaiza, de líneas sencillas, falda plisada y una espalda de lo más llamativa, al que Carmen fue dando toques de personalidad colocando un cinturón con forma de hoja y una “peina” a juego en un tono dorado envejecido. También llevaría un sencillo velo. Estaba decidido. Tenía vestido. El más bonito. Y no podía haber elegido mejor sitio. Sabía que con Carmen y su equipo nada iba a fallar.

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Y nada falló. Meses después vendrían las pruebas donde poco a poco se fue dando forma al vestido. Adaptándolo y modificándolo tantas veces como fue necesario. Y, al mismo tiempo, fui conociendo a las maravillosas personas que están detrás de Colour Nude. Su trato tan cercano y cariñoso. Sus palabras. Sus caras de felicidad cuando me veían con el vestido. Su profesionalidad. Su cercanía. Me sentía como en casa. Me hacían sentir especial y única. Cada vez que visitaba la tienda tenia la certeza de que sería un día inolvidable, y así lo era. El ambiente que allí se respira es pura magia, créanme.

Pero los meses fueron pasando y llegó el día de la última prueba, con él la recogida del vestido y su consiguiente despedida. Contuve las lágrimas como pude. No me quería ir. Me habían hecho la persona más feliz del universo y, lo más importante, habían confeccionado el vestido de novia más bonito. Mi sueño hecho realidad. Mi vestido. Con el que daría el sí quiero a la persona que me acompaña desde hace más de 11 años. Casi nada.

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Nunca olvidaré el cariño de Conso (todavía recuerdo el abrazo que me diste el último día, GRACIAS. Eres increíble), la simpatía de Patri, la dulzura de María, el saber hacer de Rosa. Y, por supuesto, la genialidad de Carmen (eres de otro planeta, de eso estoy segura), GRACIAS desde aquí por tus palabras y por el dibujo de mi vestido que ya cuelga en un lugar privilegiado de mi casa. Es complicado expresar este sentimiento. No os imagináis lo afortunada que me siento al haberos conocido.

Y no exagero, ni miento, al decir que mientras tecleo estas líneas mis ojos se llenan de lágrimas. Unas lágrimas de la felicidad más absoluta al saber que yo fui una novia Colour Nude.  Unas lágrimas al saber que todo lo vivido fue real. Que no fue un sueño. Que yo estuve allí. Unas lágrimas de emoción y satisfacción al recordar a todas las personas que me ayudaron a que ese vestido quedara perfecto el día 13 de septiembre de 2.014. Unas lágrimas de agradecimiento eterno. Unas lágrimas que salen del corazón.

Un beso…o muchos, por tantas cosas bonitas,

Bea.

Canciones, flores y otras cosas del día de mi boda

 Call it magic, Call it true
Call it magic
When I’m with you
And I just got broken
Broken into two
Still I call it magic
When I’m next to you

(“Magic”, Coldplay)

Intento exprimir al máximo ese día, EL DÍA por excelencia de nuestras vidas. Parece que si sigo escribiendo sobre el día de mi boda, se quedará para siempre. Y eso es lo que quiero, que ese día esté ahí, eternamente. Porque fuimos felices y eso es lo que cuenta.

Son demasiadas la emociones que siento al pensar -y escribir- sobre aquel sábado mágico. Supongo que para cada novia la suya es única (y así debe ser) y esa es la sensación que tengo de la mía. Aunque “la base” era una boda convencional y clásica, la verdad es que desde el principio tuvimos claro que queríamos darle nuestro toque personal. Nuestra música, nuestra manera de ser, pensar, sentir y vestir. Éramos nosotros y ese día no podía ser de otra manera. Y a quien no le guste que no mire, pero el caso es que gustó y mucho.

Siempre imaginamos una boda familiar, donde todos – o casi todos- se conocieran. Así sería mucho más fácil, desde el principio. Era una reunión de amigos y familiares, una fiesta, la fiesta más importante para dos personas, o seis, o diez, o muchos más. Es el único día donde reunir a todos tus seres queridos es posible, por eso vale la pena todo el esfuerzo. Por alzar la vista y reconocer las caras que han formado parte de tu vida, de alguna manera u otra, durante muchos años. Por ver su alegría. Sus abrazos sentidos. Sus palabras…Por verlos ahí, contigo.

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También sabíamos que la música sería protagonista del gran día. Nuestra música. La entrada al salón donde tuvo lugar la cena fue apoteósica. Bajo la canción de “Bleeding out” de Imagine Dragons dimos rienda suelta a nuestra felicidad. Una felicidad compartida con todos los invitados a juzgar por sus caras de felicidad. Es posible que si tuviera que elegir un momento sería este. Lo repetiría una y otra vez. Yo sólo quería bailar.

Mientras sonaba “Wonderwall” de los míticos Oasis, yo le hacía entrega a mi hermana el ramo de novia. Es su canción favorita y ese ramo era para ella.

Para nuestro baile escogimos una balada de nuestro grupo favorito: “Here with me” de The Killers. Él y yo. Nuestro día. Nuestro momento. Nuestra canción. Dicen, los que nos vieron en ese momento, que fue algo mágico, yo simplemente me dejé llevar, nos dejamos llevar…

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En cuanto a mi vestido, ese secreto no desvelado hasta el día B, elegí el blanco, como novia que era. No quería rechazar ese privilegio y eso hice. Pero la historia del vestido es para otro capítulo…Usé complementos dorados elaborados para mi, que prometo guardar como el mayor de mis tesoros.

Mi marido usó un esmoquin negro. No podía estar más guapo, aunque es difícil ser objetiva en este punto. La verdad es que me pareció acertadísima su elección. Aunque a algunas/os no me entiendan, no me gusta el chaqué, me parece algo aburrido y no creo que sea la prenda más favorecedora para los hombres. Es mi opinión, nada más.

Más cosas…mi ramo, fue una elección espontánea de -casi- última hora: un ramillete de paniculata, sólo paniculata. Aunque desde el principio me decantaba por las peonías, a última hora me lo desaconsejaron por varios motivos, que al principio no quise entender y luego acepté. El más destacado era que no llegaría en buen estado ni al cóctel, por lo que había que renunciar a las peonías. He de reconocer que el cambio no pudo gustarme más. De hecho, la paniculata se ha convertido en mi flor favorita para toda la vida. Sueño con ramos y ramos de la dichosa florecita.

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Y poco más que contar, que bailé como si el mundo se fuera a acabar el día siguiente. Así, no es de extrañar que el vestido estuviera irreconocible cuando los primeros rayos de sol nos daban los buenos días. Qué reí con ganas. Que comí poco. Y que brindé mucho. Por ese día. Por nosotros. Por vosotros. Y por todos.

Y, finalmente, todo salió bien. Porque pusimos el alma en que así fuera. Y cuando las cosas salen del alma nada puede fallar. Y nada falló.